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El Empalme
''Vivir con Sida sí es posible''

A simple vista “Alberto” (nombre protegido) parece una de las personas más felices del mundo. Es soltero, tiene un buen trabajo, una familia que lo ama, un automóvil que levanta la envidia de cualquiera y casi siempre se lo ve sonriente. Pareciera que su vida fuera perfecta, pero no lo es.

Lunes 25 Junio 2018 | 11:00

Desde hace diez años sus planes tomaron un rumbo diferente. Pensaba en el matrimonio, tener hijos y ser un padre ejemplar. 

Todos esos deseos se desvanecieron cuando en la Cruz Roja, en Quito, le diagnosticaron que era portador del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida). 
Los médicos le indicaron que el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) había avanzado en su cuerpo transformándose en Sida. 
“Alberto”, sin saberlo, había convivido con la enfermedad (VIH) por diez años. “Cuando supe que tenía Sida ya el VIH había estado en mi organismo por diez años, y durante todo ese tiempo nunca supe que estaba contagiado”, comentó.
Diagnóstico. “Alberto” cuenta que la enfermedad fue diagnosticada el martes 3 de abril de 2008, a escasos días de celebrar su cumpleaños número 26. 
El festejo lo había organizado desde hacía más de un mes. El día de la celebración las lágrimas que rodaban por su rostro empañaban su felicidad.“Todos pensaban que era de alegría”, recuerda. 
Unos tres meses antes de realizarse los exámenes tenía una tos imparable, fiebre,  sudores nocturnos y sin motivo aparente bajaba de peso. Para él, todo se debía al cansancio acumulado, pensaba que su trabajo como contador en una reconocida entidad bancaria de Quito le absorbía gran parte de su vida. 
Gracias a la sugerencia de una amiga fue a la Cruz Roja, en sus planes jamás estuvo hacerse la prueba del VIH, pues no lo imaginaba y era “imposible que esa enfermedad esté presente, pues casi siempre me cuidé”, relató. 
En el organismo de salud la trabajadora social le sugirió que se haga exámenes completos y él accedió. 
A la semana retiró los resultados. El tono de sus mejillas subió cuando fue llamado a una oficina por la misma trabajadora social, de ella  solo recuerda su nombre: Inés. Luego de una introducción de más de 15 minutos sobre lo que era la enfermedad y las posibilidades de vida que tenían quienes eran portadores del virus, recibió la noticia: “Es posible que tengas VIH”.
En esos momentos sintió como si miles de agujas le perforaran el cuerpo, su corazón se aceleró y no pudo pronunciar palabra alguna. 
Esta reacción se vio acompañada del aliento de Inés, quien  le dijo: “Debes hacerte un segundo examen para confirmar o descartar que seas portador”. 
Una gota de ilusión llenó su alma,  pero desapareció  a los cinco días cuando le confirmaron el diagnóstico inicial.
“En ese momento no supe qué hacer, pensaba que mi vida se acababa, que moriría casi de inmediato”, señala “Alberto”, recordando que desconoce exactamente cómo pudo haberse contagiado, aunque sospecha de una exnovia con quien tuvo una relación fugaz. De ella sólo sabe que viajó a España. 
Luego de enterarse de la noticia, el temor a contagiar a su novia no lo dejaba dormir, por lo que buscó un pretexto para terminar con ella, pese a que habían seleccionado posibles fechas para su boda. Este fue uno de los capítulos más dolorosos de su vida.
Lo peor para “Alberto” vino después.
El médico de turno le hizo conocer que aproximadamente tendría diez años siendo portador de la enfermedad y que debía empezar con la ingesta de antirretrovirales (fármacos utilizados para el tratamiento de esta enfermedad).
Desde ese momento comenzó a pedir permiso de forma frecuente en su trabajo para acudir al hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (Iess), donde luego de otra serie de exámenes, citas y reconfirmaciones de diagnósticos, le proveyeron de dos tipos de medicinas. 
Tratamiento. Como una regla se supervivencia “Alberto” debe tomar tres pastillas diarias, a las 08h00, a las 20h00 y a la hora de dormir. 
El consumo de medicinas fue acompañado  de un rotundo cambio de vida: cero alcohol, nada de mala noche, cuidarse de gripes y de otras enfermedades oportunistas, no tener sexo sin protección, no compartir objetos personales y otra larga lista de exigencias, que luego de cumplirlas al pie de la letra dieron buenos resultados en esta última década. 
Para tener acceso gratuito al medicamento, “Alberto”  al principio acudía al hospital del Iess una vez al mes, luego cada 60 días y en la actualidad, y debido a su buena condición física, va una vez por trimestre. “Vivir con Sida sí es posible”, indica el hombre de 36 años, quien ahora trabaja en El Empalme (Guayas)y comparte amenos momentos con sus padres.
“La sociedad no está preparada para tratar a quienes somos portadores del virus, callo por temor a la discriminación”, finaliza “Alberto”, precisando que su fortaleza está en Dios.