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Quevedo
Su fe en Dios la mantiene de pie

Esta es la historia de una heroína, de esas que no vuelan ni tienen visión de rayos láser, pero sí una fuerza inquebrantable que proviene de su fe.

Martes 13 Marzo 2018 | 11:00

 Su nombre es Marisol, tiene 55 años y cuatro hijos. 

Tenía 37 años cuando su vida cambió para siempre, precisamente cuando llegó el último de sus vástagos. 
Estaba embarazada de Jeremías cuando empezó a sentir malestares; los médicos pensaron que eran síntomas de su estado.
La falta de una buena atención médica, los quehaceres domésticos y el cuidado que debía darles a sus hijos, que en ese entonces tenían 7, 4 y 2 años, hicieron que una enfermedad que más tarde la dejaría postrada en una cama avanzara.
A los siete meses de gestación, Marisol sintió que algo andaba mal, sospechaba que el cansancio y el dolor en la pierna izquierda no eran por el embarazo. Esto lo confirmó dos meses después de tener a su niño, pues no pudo volver a caminar debido a una luxación: un hueso de su extremidad se salió de la articulación. 
La situación económica para ese entonces no era buena; su esposo no tenía trabajo y eso complicó todo.
Estuvo siete años sin poder caminar, usó silla de ruedas, andador cuadrilátero, luego empezó a gatear como un bebé hasta lograr apoyarse en las paredes y poco a poco volver a dar pasos sin ayuda de ningún objeto.
“No era solo el hecho de que no podía caminar, era el dolor que me producía la enfermedad. El médico me dijo que tenía nódulos en la columna, además una infección ósea y una luxación que desembocó en una osteomielitis. Actualmente me diagnosticaron  problemas neuromusculares”, indica Marisol. 
El recuerdo de aquellos años difíciles hace enrojecer sus ojos. “Fueron duros momentos que nos dejaron secuelas psicológicas”, confiesa, asegurando que el mayor de sus hijos, Bryan, de 26 años, fue su salvador 
“Tenía solo siete añitos y debía ayudar a sus hermanos menores; me ayudaba a bañarlos, a darles de comer, a cocinar, a llevarlos a la escuela. Él ahora tiene escoliosis lumbar, se le ha fracturado tres veces el fémur. Mi hijo es mi héroe”, cuenta sollozante.
Recuperación. La enfermedad de Marisol hizo que perdiera la fuerza muscular, le era imposible levantarse. 
“No soportaba ni el roce del viento”, expresa la mujer, quien recuerda que el amor a sus hijos le dio fuerzas mientras permaneció cuatro años en una silla de ruedas y tres años usando andador cuadrilátero.
Durante ese tiempo, mientras gateaba por la casa, cocinaba, lavaba la ropa de sus hijos y cuidaba de ellos. 
“Día tras día le pedí a Dios fuerza y vida para poder cuidar a mis hijos y conservar a mi familia”, indica. 
Su esposo, Milton Murillo, estuvo siempre a su lado. Cuando los médicos le dijeron que no podían hacer nada por su salud, ella pensó en la muerte y se preguntaba quién cuidaría a sus hijos. Entonces le pidió a su esposo que si ella llegase a morir se casara con su mejor amiga. 
Pero su esposo nunca quiso hablar del tema y se aferró a la posibilidad de que su salud mejoraría. 
Y ese día llegó. “Decidí que debía valerme por mí misma y que debía volver a caminar. Dejé el andador eléctrico en la puerta y luego de gatear empecé a sostenerme de las paredes; después, a dar brincos en un solo pie, y posteriormente de a poco me apoyaba en la otra pierna, hasta que un día logré hacerlo sin ayuda”, recuerda la madre de familia, quien al verse mejor cumple su promesa de predicar el evangelio.
Predica. Desde hace 42 años es miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días; fue dos años misionera en Guayaquil cuando estaba soltera.
Ahora su hijo Melymar, de 20 años, está en México, mientras que Josua, de 22, en Paraguay; ambos predicando. Y su último hijo, de 18, se alista para viajar al exterior también a continuar con las enseñanzas religiosas.
Actualmente Marisol cuida de Jaimito, su hermano menor, quien tiene síndrome de Down. Él le dice “mami”, porque ella lo cuida como si fuera su hijo.
“Puedes verte sola, pero no sentirte sola. Yo siempre sentí a Dios; Él me acompañó y me dio la fuerza que necesitaba para recuperarme durante esos años que pasé sin poder caminar”, concluye Marisol.